A veces pensamos que aprender a escribir consiste solamente en formar correctamente las letras y unirlas unas con otras. Pero cuando uno se acerca a la caligrafía descubre algo más: también aprende a mirar. Mirar la forma de una letra, la proporción de sus trazos, la inclinación, los espacios que quedan entre una palabra y otra. Observar cómo una línea puede ser más fina o más gruesa, cómo una curva cambia la expresión de una letra y cómo un pequeño detalle puede transformar una escritura sencilla en una composición armoniosa. Durante mis años de estudio y práctica de la caligrafía aprendí que escribir bien requiere paciencia. La mano necesita tiempo para adquirir seguridad, pero también necesita que quien escribe observe aquello que está haciendo. Por eso es necesario aprender a mirar. En Academias Pitman de Tucumán estudié distintos estilos de caligrafía, como la inglesa, la bastarda, la gótica, la cursiva y la redonda. Aquellos ejercicios no consistían solamente en repetir letras. Había que cuidar la posición del cuerpo, la postura de la mano, la inclinación, las proporciones y el movimiento de la pluma. Parte de aquellos recuerdos y materiales los he reunido en mi blog “Caligrafía Pitman”. Con el tiempo comprendí que esa enseñanza tenía un valor que iba más allá de la belleza de las letras. Nos enseñaba a prestar atención. En una época en la que muchas cosas se realizan con rapidez, detenerse frente a una hoja de papel puede parecer un gesto pequeño. Sin embargo, escribir una palabra lentamente, observar cómo nace cada trazo y procurar que conserve su equilibrio puede convertirse en una verdadera experiencia de concentración. Algo semejante descubrí posteriormente en la caligrafía taquigráfica. Los signos de taquigrafía que durante varios años utilicé para registrar rápidamente la palabra hablada podían ser observados de otra manera cuando se los ejecutaba sin apuro. El signo dejaba de ser solamente un medio para registrar una palabra y comenzaba a revelar también su forma. Tal vez allí se encuentre uno de los mayores valores de la caligrafía: enseñarnos que aquello que habitualmente hacemos de manera automática también puede ser contemplado. No hace falta tener una caligrafía perfecta ni poseer materiales especiales para comenzar. Un lápiz, un bolígrafo, una hoja y un poco de tiempo pueden ser suficientes. Lo importante es detenerse, observar y prestar atención a lo que hace la mano. Por eso creo que enseñar caligrafía no debería entenderse únicamente como enseñar a escribir más bonito. También puede significar enseñar a observar, a ser paciente y a valorar los pequeños detalles. En tiempos de pantallas y escritura digital, la caligrafía nos ofrece algo sencillo: volver por un momento a la mano, al papel y al movimiento de un instrumento que deja una huella. Tal vez aprender a escribir también sea aprender a mirar. Y quizás, cuando aprendemos a mirar nuestras propias letras, comenzamos también a mirar de otra manera todo aquello que hacemos con nuestras manos. Porque detrás de cada trazo hay una elección, un movimiento y un instante de atención. Y en ese instante, una simple letra puede dejar de ser solamente una letra para convertirse en una pequeña expresión de quien la escribió.
Martín E. Córdoba
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